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+ +  Guillermo Greenwood (1849-1923)   + +
Tempranas historias de la Patagonia Austral

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HISTORIAS DE DON GUILLERMO

 
1. UNA LLEGADA ACCIDENTADA
 
En 1920, William H. Greenwood, también conocido como Don Guillermo, el «baqueano inglés», escribió un resumen en memoria de su amigo Enrique Reynard, pionero de la crianza ovina en Patagonia. Dicho resumen profundiza la antigua información provista por Greenwood en sus Memorias y continúa deleitándonos con detalles de primera mano sobre la vida en «la Colonia» (Punta Arenas). A continuación, ofrecemos la primera parte (traducción libre), que retiene la frescura del impacto que la naciente Punta Arenas causó en el joven Greenwood, al llegar a estas costas una tormentosa tarde de verano.

Llegué a Punta Arenas el 12 de diciembre de 1872, acompañado de tres amigos: los señores Leesmith, Dunsmure y Potts. El señor Leesmith creía, tanto como yo, que la Patagonia tenía un gran porvenir, aunque a los forasteros les pareciera inclemente, salvaje y estéril. Creo que los resultados obtenidos prueban que no estábamos equivocados en nuestras suposiciones.

Según recuerdo, nuestro arribo a la Colonia no fue —para nada— elegante. Llegamos de día en el vapor Lusitania y anclamos cerca de una milla de la costa. Varios botes se acercaron y nos apretujamos en uno de ellos, con todas nuestras pertenencias. En esa época, no había ni malecón, ni desembarcadero de ningún tipo y un oleaje fuerte llegaba hasta la playa. La consecuencia fue que, al estar sobrecargado, el bote volcó y nosotros y nuestros numerosos bártulos fuimos lanzados a la playa, a la buena de Dios. Al igual que nuestros efectos personales, no estábamos lo que se diría «secos»; pero, de alguna manera, logramos recomponernos (junto con la mayoría de nuestras cosas) en una masa húmeda frente a la única residencia visible: una casa de un piso, baja y larga, propiedad del difunto Capitán Luis Piedra Buena, quizá el navegante más conocido y experimentado del Estrecho de Magallanes.

El Gobernador de la Colonia, Don Oscar Viel, que también era agente y consignatario de los vapores de la PSNC (Pacific Steam Navigation Company), nos encontró en estos apuros y —con la gran cortesía y amabilidad que lo caracterizó siempre, durante todos los años que lo conocí— llamó a un grupo de convictos y nos hizo conducir a unas piezas en una de las pocas casas de madera situadas alrededor de lo que ahora es la magnífica Plaza, pero que, en ese entonces, era como un pantano con pasto verde mezclado entre viejos tocones de robles. Había también un edificio de madera de dos pisos en el medio de la Plaza, el que —me parece— había sido designado originalmente para la Gobernación, el Cuartel y los oficiales; pero, como la Plaza se convertía en un lago en primavera, un pantano en verano y una cancha de patinaje en invierno, el Gobernador —desesperado— desistió de vivir ahí y trasladó las oficinas de gobierno al extremo este de la ciudad, cerca del río de las Minas, donde (creo) después de varios sucesos, se yergue todavía ese edificio u otro más impresionante que lo reemplazó.

En esa época, no podía imaginarme un lugar más desolador y salvaje. Unas pocas y dispersas casas de madera, techadas con tejuelas y armadas con unas tablas serruchadas a mano y mal encajadas; un par de tiendas (una pertenecía a un lugareño llamado Vital Díaz y la otra, a un ruso de nombre Guillermo Bloom) y la inevitable mesa de billar y cancha de bolos; unos cuantos ranchitos diseminados en los pocos claros del bosque que llegaba hasta unas cien yardas de la magnífica Plaza. No esperábamos encontrar ni lujos ni comodidades al comenzar como los primeros pioneros ingleses en Patagonia; sin embargo, una vez que nos familiarizamos con el lugar y conocimos a los llamados «Ricos» de la Colonia, estuvimos francamente sorprendidos por el nivel de opulencia y bienestar que existía en este pequeño asentamiento.

Como ejemplo: Al día siguiente de nuestra llegada, tuve que visitar al herrero del lugar para hacer arreglar uno de mis rifles que, con las sacudidas en la playa, había sufrido una pequeña avería. Cuando terminó, pedí saber cuánto costaba la reparación. «Oh, nada. Vamos a tomar una copa donde Bloom». Fuimos allá en seguida y le pregunté qué iba a tomar. «Champaña, por supuesto», dijo. «No tomo otra cosa». El señor Bloom rápidamente apareció con una botella, por la que tuve que pagar un soberano (£1, ed.), así que el trabajo no fue tan barato como había previsto. Al parecer había cierta cantidad de champaña en la Colonia, producto de un naufragio en la Isla de los Estados y había que tener mucho cuidado al invitar a alguien a tomar un trago o, con toda seguridad, se terminaría expuesto a pagar cinco dólares oro (£1). Los únicos otros licores disponibles eran el guachakai y el vino chileno, a 50 centavos la botella: el primero, un veneno nauseabundo; el segundo, mejor que nada. En la Colonia, no había carne de vacuno ni de cordero —ni entonces, ni hasta tiempo después— pero, los campañistas traían grandes cantidades de carne de ciervo (huemul, ed.), guanaco y avestruz (ñandú, ed.), y se podían cazar tantos gansos, patos y becacinas como uno quisiera en los humedales y lagunas de la costa marina al Este de la Colonia. Así que estábamos en Jauja, sin tener que sufrir —en absoluto— las penurias que habíamos previsto.

Bueno, para acortar este preámbulo, luego de muchas molestias y regateo, compramos una docena de caballos (a precios exorbitantes), contratamos a un guía indígena y después de hacer un lío terrible con el embalaje de nuestra carga —la que generalmente se caía más rápidamente de lo que podíamos cargarla— comenzamos nuestro tour de exploración. Luego de muchas vicisitudes, llegamos a Chabunco avanzada la tarde; ahí acampamos y nos quedamos un día para recoger las cosas perdidas por el camino y para reparar daños varios. Después de eso, llegamos hasta Cabo Negro, el día antes de Navidad, según recuerdo. Pasamos Navidad acampados en el bosque y de ahí procedimos por cortas etapas hacia el Este hasta Coy Inlet; luego, regresamos por la misma ruta y llegamos a la Colonia después de dos meses de ausencia.

Los señores Dunsmure y Potts se embarcaron en el primer vapor de vuelta a Buenos Aires; el señor Leesmith y yo nos quedamos dado que nos habíamos formado una gran opinión de la Patagonia Sur y de sus riquezas. El señor Leesmith permaneció dos meses más y juntos hicimos varias expediciones a diversas partes del territorio —Puerto del Hambre, seno Otway, seno Skyring, Dos Morros (Tres Morros, ed.), etc.— y, mientras más veíamos de la región, más nos gustaba y más fe teníamos en sus recursos.

El señor Leesmith partió después y siento mucha pena por no haberlo visto nunca más, aunque él visitó la Colonia nuevamente años más tarde y trató de encontrarme, infructuosamente puesto que, para ese entonces, yo ya había renunciado a la civilización y vivía lejos hacia el Norte, en el interior de los Andes, más allá del lago Santa Cruz (lago Argentino, ed.).

De regreso a Buenos Aires, él se encontró con su amigo Enrique L. Reynard y le convenció de las posibilidades de éxito en el nuevo lugar, de tal forma que este decidió partir a probar fortuna en Patagonia. Reynard llegó más o menos en enero de 1874, fecha en que nos conocimos y comenzamos nuestra amistad.

Greenwood concluye esta introducción prometiendo contar más aventuras compartidas con su amigo Reynard, con quien se asoció para fundar la estancia Cañadón de las Vacas (Santa Cruz, Argentina). Fue precisamente allí donde los investigadores Gladys Grace y Duncan Campbell encontraron estas verdaderas «cápsulas de tiempo» de la Patagonia del siglo XIX.
 
Este artículo apareció en el diario "La Prensa Austral", con fecha 20 de noviembre de 2016.
El texto original (en inglés) es parte de la biografía de Henry Reynard, URL.
Traducción © Gladys G. Grace P. y Duncan S. Campbell, 2016.
 
 
2. NAUFRAGIO EN EL ESTRECHO
 
Presentamos otra «primicia» del siglo XIX: la narración de un accidentado viaje en el Estrecho y el correspondiente salvataje, aventura vivida por nuestro primer cronista regional, William H. Greenwood (Don Guillermo, el «baqueano inglés»). Esta historia completa el resumen hecho en memoria de su amigo Enrique Reynard, pionero de la crianza ovina en Patagonia y, aumenta la colección de recuerdos compartidos por Greenwood en sus Memorias. Fiel a su estilo, Don Guillermo mezcla humor y tragedia; su gran amigo es, a la vez, valiente y temeroso; sus barcos, estupendos y desastrosos; el tiempo, de bonanza y de terror. Las dificultades de la vida pionera quedan expuestas, así como también la actitud emprendedora y solidaria necesaria para enfrentarlas. Reynard llegó Punta Arenas, llamada entonces «la Colonia», en 1874; Greenwood y Dunsmure, el otro inglés mencionado, en 1872, o sea, durante la época temprana del asentamiento.
 

Cuando Reynard recién llegó a la Colonia, tenía muchos deseos de visitar Tierra del Fuego. Yo era dueño de un pequeño cúter, así que un buen día se lo presté a él y a Dunsmure. Ellos partieron en una excursión exploratoria para cazar, conseguir focas o lo que fuera que encontraran. Lo que encontraron fue un temporal de vientos fuertes que impulsaron la pequeña embarcación hacia la costa contra las rocas, dejándola atrapada allí con un gran hoyo en el fondo. Por suerte, el barco no se destrozó, de forma que lograron llevar a tierra algunos artículos y provisiones: arvejas, porotos, galletas, etc., además de las dos cajas de ginebra enviadas por mí para negociar con los indígenas (si encontraban a alguno).

Una semana después del accidente, como no existía ni la más remota posibilidad de llamar la atención de algún otro barco o vapor, Reynard y Dunsmure decidieron enviar el chinchorro para informarme de lo sucedido; mientras, ellos se quedaron en tierra. En una mañana de calma, el capitán Hansen y los marineros Kelly y Johnson remaron hasta la otra orilla, adonde llegaron sin dificultad. De inmediato, pedí prestada una lancha a vapor, propiedad de la Sociedad Carbonífera, y partí a buscar a Reynard y a Dunsmure. Tomamos tierra sin problemas y los recogimos, así como también unas cuantas cosas de valor, sin olvidarnos de la ginebra, provisiones, municiones, etc. Dejamos el cúter abandonado a su suerte.

Ni bien habíamos partido cuando la bendita lancha encalló y no la pudimos mover por un buen rato. Finalmente, Reynard saltó por la borda y con esfuerzos sobrehumanos pudo empujarla y ponerla a flote. Había un frío tremendo y él estaba medio congelado, pero le aplicamos ginebra en cantidades; le pusimos mantas gruesas contra la piel y rápidamente entró en calor de nuevo. Después de eso, partimos hacia la Colonia. Habíamos llegado solo hasta cerca del islote Contramaestre, cuando la condenada máquina se paró, dejándonos varados en el medio del Estrecho, con la mar gruesa, sin velas, únicamente con un remo pequeñito, mientras soplaba un vendaval que rápidamente se convirtió en un verdadero huracán.

Tras la popa, remolcábamos un bote de cuero o loneta, el que se anegó en un dos por tres y se dio vuelta. Esto salvó nuestras vidas ya que cortaba las olas, que rompían contra nosotros por detrás, altas como montañas. La lancha seguía haciendo agua y estaba llena hasta más de la mitad. Por suerte, sus compartimentos eran herméticos, lo que le permitía seguir a flote; pero, no parábamos de desaguarla con todo lo que teníamos a mano (si no, hubiéramos sufrido un desastre).

Seguimos a la deriva, de un lado a otro, toda esa noche y el día y la noche siguientes, sin saber cuándo llegaría el punto final. Estábamos calados hasta los huesos, sentados en medio del agua y achicándola incesantemente para mantener la vieja lancha a flote. Si no hubiera sido por las raciones de ginebra y leche condensada, más o menos cada hora, no hubiéramos sobrevivido. Ambos tanques de agua se habían perdido, no teníamos nada para beber y estábamos muertos de sed.

Finalmente le dije a Reynard «¡Ni que me cuelguen soporto esto más ya! En cuanto lleguemos como a cien yardas de la costa otra vez, me tiro al agua y trato de nadar hasta la orilla». Él me contestó «No seas tonto, nadie puede nadar con este oleaje. Yo voy a aguantar aquí no más; no podremos estar peor de lo que estamos». Y, al mismo tiempo, al ver que el capitán y el oficial tenían puestos cinturones salvavidas de corcho, me preguntó con indiferencia «¿No tendrán algún cinturón que les sobre, no?»

Bueno, por la tarde, la embarcación continuó a la deriva; se alejó de la costa rumbo al seno Almirantazgo y, finalmente, encalló en el último punto de entrada, como a 20 o 30 yardas de la playa. Todo el mundo saltó por la borda inmediatamente, excepto yo, que estaba sentado en la popa y no podía arrojarme; pero, llegó una gran ola y me lanzó hacia la playa; me hubiera llevado de vuelta al mar si Reynard y Dunsmure no se hubieran apurado para sacarme tirándome por las piernas.

Al darnos cuenta de que estábamos en tierra firme nuevamente, realizamos una jubilosa danza de guerra, excepto el viejo Brown (Kelly, ed.), que se había lastimado una pierna con las violentas sacudidas. Bien podíamos haber esperado antes de saltar: media hora más tarde la lancha estaba sobre la playa con la mayor parte de nuestras cosas flotando en su fondo; pero, seguíamos tremendamente sedientos y no pudimos encontrar ni una gota de agua cerca.

Luego —como, por suerte, uno de nosotros tenía unos cuantos fósforos envueltos en tela impermeable— hicimos una gran fogata. Comenzamos a condensar agua con una tetera grande de barco y un barrilito de ginebra. Era un proceso largo, pero nos las ingeniamos para condensar una cantidad suficiente para llenar otra tetera desde el barril y esperábamos tomarnos una tacita de café en seguida, cuando Dunsmure —que estaba atizando el fuego— dio vuelta la tetera por accidente y derramó hasta la última gota, lo que nos obligó a esperar un par de horas más para llenar la tetera de nuevo. Entonces sí nos preparamos una espléndida taza de té y comimos muchas galletas y cerdo salado, y estábamos casi completamente felices. Continuamos con el proceso de condensación y no nos faltó más el agua.

A la mañana siguiente, Reynard y Dunsmure se encaminaron a lo largo de la costa hasta los restos de mi cúter, ya que sabíamos que nos irían a buscar allí cuando vieran que la lancha no regresaba. El resto de nosotros los seguimos lentamente, ayudando a nuestro camarada lesionado y, luego de una caminata larga y cansadora, llegamos hasta los restos del barco, casi al mismo tiempo que la goleta Anita aparecía a la vista; venían a buscarnos por orden del Gobernador. En una hora, estábamos todos salvos a bordo y en la Colonia, esa misma tarde.

Esta Patagonia bravía que conoció y describió tan genialmente Greenwood tenía como contrapartida al medio hostil, la solidaridad hacia todo aquel que la necesitara. Las amistades que se forjaban eran profundas y duraderas. Greenwood continuó su asociación con Reynard al fundar la estancia Cañadón de las Vacas (Santa Cruz, Argentina). Los investigadores de la Patagonia austral, Gladys Grace y Duncan Campbell, encontraron allí este resumen de recuerdos inéditos.
 
Este artículo apareció en el diario "La Prensa Austral", con fecha 27 de noviembre de 2016.
El texto original (en inglés) es parte de la biografía de Henry Reynard, URL.
Traducción © Gladys G. Grace P. y Duncan S. Campbell, 2016
 
Página actualizada: 3-I-2018